sábado, 12 de febrero de 2011

El miedo, la muerte y la vida

La última entrada de esta semana es una entrada especial, más sentimental que de costumbre, menos superficial, más... "empalagosa" si queréis llamarla así.
Por lo general sólo suelo hablar de libros y de editoriales, pero hoy haré una excepción. Podéis pasar de ella o leerla, lo que queráis, yo os aviso por si acaso.
Allá vamos...

Esta semana he sentido el miedo, con todas sus letras.
Como escritora de historias de vampiros y licántropos asesinos, ha sido una experiencia enriquecedora que, sin duda, me ayudará a situarme mejor en la piel de las víctimas de mis obras...
Pero, simplemente como persona, es una sensación que no se la deseo a nadie.

No, no ha sido el tipo de miedo "controlado" que te produce una película o una montaña rusa, donde sabes que, pase lo que pase, saldrás vivo para contarlo. No.
Ha sido el tipo de miedo derivado de la posibilidad de tener una enfermedad grave de la que podrías no salir, el tipo de pánico que sentiría alguien algo hipocondriaco al encontrarse un pequeño bultito en un lugar donde no debería haber nada de nada.

De momento todo parece normal, aunque me han dicho que tenga al sospechoso bajo vigilancia, pero los días de preocupación no me los quita nadie.
Y sin embargo, en el fondo, los agradezco (siempre y cuando no tenga que volver a revivirlos). Y aunque no os deseo a nadie que tengáis que pasar por algo así, creo que todos deberíamos hacerlo, por lo menos una vez en la vida, sobre todo aquellas personas que viven por vivir, sin metas ni sueños, o que, directamente, desean (o no les importaría) morir, sin un verdadero motivo. No saben lo que dicen.
Yo nunca lo he deseado, pero he conocido a gente que sí y os aseguro que, a menos que se trate de un anciano o alguien muy enfermo, no hay justificación para querer tal cosa.

Entonces, ¿por qué digo que todo el mundo debería pasar por un momento en el que sintiera, de verdad, que su vida podría estar en peligro?
Simplemente porque es la mejor forma y la más rápida y directa de valorar lo que tienes y de darte cuenta de que NO quieres el camino fácil, por mucho que alguna vez hayas barajado la idea. No es lo mismo imaginar que te encuentras un tigre hambriento por la jungla que darte de bruces contra él. Cuando distingues sus rayas negras en la lejanía, cuando ves la aleta del tiburón, es cuando reaccionas. Entonces empiezas a pensar en las cosas que has hecho (unas pocas) y en las que te quedan por hacer (muchísimas más) y es sólo entonces cuando buscas la seguridad del árbol o de la orilla y corres hacia allí.

Otra de las cosas que te planteas es ¿por qué yo? Piensas que hay muchísima gente que se lo merece mucho más que tú, gente que no merece estar viva... Pero entonces también reparas en que hay muchísima gente que lo merecería y que no lo está, incluso gente que ha vivido muchísimo menos, hasta sólo unas horas tras nacer, o minutos, o que no ha llegado a nacer. Y entonces te preguntas ¿por qué yo no y ellos sí? ¿Por qué un bebé iba a merecer vivir menos que yo?
Y ahí sí que no puedes hacer nada, no tienes excusas, sólo puedes asegurar que tú intentarás hacer todo lo posible por que tu vida cuente, de verdad, por que tenga sentido. Y te aferras a que quienquiera que tenga tu vida en sus manos se convenza de que mereces la pena.

Todas esas cosas sólo las piensas, por lo general, cuando te ves en peligro, y lo curioso es que no es la muerte en sí lo que da miedo. Sí, claro que inquieta lo que pueda haber o no al "otro lado", pero lo que realmente preocupa es lo que no has hecho en éste, lo que aún te queda por hacer.

Como he dicho, yo no deseo que ninguno de vosotros, lectores, tengáis que pasar por una situación así, y tampoco pretendo meteros miedo, porque las estadísticas están de vuestro lado y lo más probable es que viváis lo suficiente para convertiros en unos adorables o cascarrabias ancianitos :)
Pero sí que me gustaría que, al menos, os paráseis a pensar en ello, que os planteárais que NADIE está totalmente a salvo, que cualquiera de nosotros podría desaparecer cualquier día. Y que os preguntárais a qué personas añoraríais, qué cosas os quedaríais sin poder hacer o cuáles echaríais de menos...

Y que aprovechéis vuestro tiempo al máximo, porque lo cierto es que no tenéis ni idea de la cantidad de arena que le queda a vuestro reloj. Haced que cada minuto cuente. :)

El lunes os traeré una entrada más literaria para compensaros por ésta, prometido (aunque, tened en cuenta qué día será entonces ;) )
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