lunes, 29 de noviembre de 2010

Segundo "avance" de mi novela. (Segunda entrada del diario de la protagonista)

Lunes 29 de Noviembre

Está lloviendo y siento que la lluvia no sólo cae en el exterior, también dentro de mí.

Me he sentado junto a la ventana de mi habitación porque desde aquí puedo ver los jardines.
Si hiciera mejor tiempo, todos los pacientes del centro estarían fuera. Todo estaría lleno de locos. Locos haciendo, probablemente, menos locuras que los cuerdos, pero locos al fin y al cabo.
Yo ya perdí mi cordura hace mucho, por eso ahora me siento libre. ¿Pero de qué sirve la libertad cuando no puedes hacer uso de ella?

Estoy atrapada. Atrapada entre unas paredes que no son físicas, pues podría marcharme cuando quisiera. Pero realmente no puedo.

No puedo… o no quiero.

Sé que hay una razón por la que estoy ingresada en este lugar. Sé que mi vida estará a salvo si permanezco aquí.
Pero, al mismo tiempo, siento que me consumo.

Miro el reloj y me estremezco al observar el avance inexorable de las agujas.
En ocasiones, cuando se me contagia esa cuerda locura, guardo en un cajón mi reloj habitual, y cojo otro sin pila. El reloj de las eternas doce en punto.
Ese reloj parado en esa hora mágica me tranquiliza. Sé que suena absurdo, pero sentirse dueña del tiempo durante unos instantes reconforta, aunque sepas que todo es una gran farsa.

El tiempo no se puede detener. Es una afirmación que, de tan obvia, podría parecer tonta, pero es algo que se olvida a menudo. Puedes retrasar un reloj, puedes pararlo, pero el tiempo seguirá su curso, lo quieras o no. Nunca serás más joven que ahora, pero cada segundo que pasa eres más viejo. Cada segundo que pasa estás más cerca de la muerte.
Es algo que agobia. No nos gusta hablar de ello, ni leer sobre ello. Nos da miedo pensarlo. Creo que el ser humano tiene un mecanismo de defensa por el cual su mente esquiva ese tema inconscientemente. Y así debe ser, pues de otra forma desperdiciaríamos nuestra vida con esos pensamientos.
¿O es al contrario? Ser conscientes de nuestra caducidad debería instarnos a aprovechar nuestras vidas. Pensar que no vamos a vivir eternamente debería suponer un estímulo para que pasemos a la acción y tomemos las riendas, ¡para que despertemos!

Estoy divagando. Empiezo a sonar como un predicador loco o algún libro de autoayuda. Una mujer ingresada voluntariamente en un centro de salud mental no debería hablar de aprovechar la vida, parece un contrasentido.

Es la lluvia. Esta maldita lluvia que tanto me gusta…
Vuelvo a mirar a través de la ventana. El cielo está gris. Los colores han desaparecido. Los jardines están encharcados, pero la lluvia no da tregua.


Estoy llorando. Casi me ha sorprendido sentir las lágrimas resbalando por mis mejillas.

Recorro con la mirada cuanto mis ojos pueden abarcar, buscando inconscientemente- o tal vez no tanto- a alguien que sé que no encontraré.

Cierro los ojos unos instantes y sueño despierta. Me permito creer, durante unos segundos, que él se encuentra aquí conmigo, de pie junto al marco de la puerta, observándome, como la última vez que nos vimos. Luego vuelvo a abrir los ojos y miro hacia allí, donde sé que no está, pero no soy capaz de apagar esa diminuta llama de esperanza que hace que me pregunte “¿y si...?
Pero la respuesta es siempre la misma: no, no está aquí, y, lo que es peor, es muy probable que nunca vuelva a verle.

Aún así, me gusta pensar que él me observa, que está pendiente de mí aunque no se deje ver, atento a lo que hago, a lo que sucede en mi entorno. Sé que él tiene los recursos para dar conmigo y vigilarme sin que yo me percate de ello. Quiero creer que lo hace, quiero pensar que él tampoco es capaz de olvidarme; al fin y al cabo, dio todo lo que tenía por mí. Eso debe contar, ¿no?
Pero tampoco puedo evitar preguntarme si estará enfadado, si me culpará por destrozarle la vida, si no querrá saber de mí por esa razón.

Sigo llorando, no puedo evitarlo, el dolor de los recuerdos es todavía demasiado intenso, aun cuando hace casi un año que no sé de él.

El 25 de diciembre del año pasado cenábamos en un castillo, en la región de Transilvania, en Rumania. Recuerdo que me preguntó por qué no estaba con mi familia. Yo, aunque no se lo dije, sentía que no había ningún otro lugar en el que quisiera estar más que allí a su lado.

Eso fue, obviamente, antes de que todo se estropeara, antes de que empezara a morir gente, antes de que intentaran matarme, y antes de destrozarle la vida.


Tengo que dejar de escribir, los recuerdos son demasiado dolorosos y las lágrimas me impiden ver la pantalla del ordenador. Seguiré en otro momento, tal vez cuando la lluvia amaine.


(Como ya dije en la anterior entrada, esto no es parte de mi novela, pero sí está relacionado con ella. Tomadlo como material "extra" de la misma. Un pequeño anticipo para abrir boca :)
Es el diario personal de la protagonista tras los eventos que suceden en el libro, así que disculpad el exceso de romanticismo en según qué partes ;)

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